lunes, 11 de noviembre de 2013



Me lo dijo un pajarito
La siguiente Steve Jobs y su profesor

Por: Javier Cassio
Por favor ponga toda su atención en lo siguiente. Sume cada número entre 1 y 100.
Si usted es como yo, al leer “sume” supuso que tendría que utilizar su calculadora y empezó a añadir 1 + 2 + 3+… 100. Esa operación, sin la ayuda de cualquier tipo de instrumento para sumar nos hubiera tomado una hora de nuestro valioso tiempo. Con ayuda nos hubiera llevado un poco menos. A Paloma Noyola Bueno le llevó dos segundos. La respuesta –por si la quería saber,- es 5,050. A mi llevó veinticuatro horas de pensamiento concentrado saber la razón.
Hace veinticinco años, la familia de Paloma intentó cruzar la frontera en busca de una vida mejor. En lugar de pasar a Estados Unidos terminaron viviendo al lado de un tiradero en Matamoros, Tamaulipas. Esta ciudad fronteriza se encuentra relativamente cerca de La Laguna. Es un polvoso punto cocinado por el sol con 489 mil habitantes. También es un punto codiciado por los guerreros de las drogas. Regularmente hay balaceras y a menudo las calles amanecen esparcidas con cadáveres.
En el tiradero de esa ciudad, el padre de familia pasaba todo el día buscando en la basura pedazos de aluminio, vidrio y plástico. Desde su lugar de trabajo podía ver la escuela primaria José López Urbina. Ahí adentro estudiaba su pequeño ángel Paloma, la menor de sus ocho hijos. Recientemente el señor Noyola sufría de hemorragias nasales, pero no quería preocupar a nadie. Como cualquier padre, quería que sus hijos no sufrieran lo duro de la vida. Y les exigía que fueran a la escuela.
Después de la escuela, Paloma regresaba a su casa se cemento y madera con su padre. Ahí le recitaba las lecciones del día, aún en su uniforme de blusa gris y falda rayada a blanco y azul. Trataba de animarlo. Le decía que la escuela nunca había sido difícil para ella. Se sentaba en el salón con los otros niños, mientras los profesores les decían las ideas que necesitaban saber. No era difícil repetir las ideas y obtenía buenas calificaciones sin pensar demasiado.
Su profesor de quinto año era Sergio Juárez Correa. Estaba acostumbrado a enseñar en ese tipo de lugares, el cual muchos de sus compañeros llamaban un lugar de castigo. Sus estudiantes no tenían acceso regular a internet, electricidad segura o mucha esperanza. También él había crecido cerca de un basurero en Matamoros, y se había convertido en profesor para ayudar a los niños a hacer algo productivo con sus vidas.
Así es que cuando Paloma quedó en su grupo, Juárez Correa decidió experimentar. Leyó libros y buscó ideas en línea. Encontró las ideas de Sugata Mitra, un profesor de tecnología educacional en la Newcastle University en Reino Unido. Mitra condujo experimentos en los cuales dio computadoras a niños en la India. Sin darles instrucciones, vio como éstos se enseñaban a sí mismos una sorprendente variedad de cosas, desde replicaciones desde ADN hasta inglés.
En Matamoros, el profesor Juárez no lo sabía todavía, pero había encontrado una filosofía educacional emergente, la que aplica la lógica de la edad digital al salón de clases. Esa lógica es inexorable: acceso a un mundo de información infinita que ha cambiado cómo nos comunicamos, procesamos información, y pensamos.
El 21 de agosto de 2011 –el día que empezó el año escolar,- juntó los mesa-bancos en pequeños grupos. Cuando llegaron sus confundidos alumnos, les explicó que en otras partes de mundo los niños podían memorizar pi hasta cientos de números decimales. Que podían escribir sinfonías y construir robots y aviones. Nadie pensaba que los niños de la José López Urbina podían hacer esas cosas.
Justo cruzando la frontera frente a Matamoros en Brownsville, Texas, los niños tenían laptops, acceso a internet a alta velocidad y tutores personales. Acá, los estudiantes tenían electricidad intermitente, unas pocas computadoras, internet limitado, y algunas veces ni lo suficiente para comer. Pero, dice Juárez Correa, tenían la cosa que los hace iguales a cualquier niño del mundo: potencial. Así es que les preguntó a sus alumnos “¿qué quieren aprender?”
El padre se Paloma se puso más enfermo, pero continuó trabajando, a pesar de la fiebre e intensos dolores de cabeza. Finalmente fue ingresado al hospital, pero su condición se deterioró. El 27 de febrero del 2012 falleció de cáncer en el pulmón. En su última visita, le dijo a Paloma “Eres una niña inteligente. Estudia y hazme orgulloso de ti”. La niña no fue a la escuela durante cuatro días, pero terminó enterrando su tristeza y su duelo. Cuando regresó a clases, quería hacer realidad el deseo de su padre.
Un día de septiembre del año pasado, el subdirector de la escuela consultó el sitio de ENLACE, el examen de logros educativos en México. Descubrió que los resultados del examen de junio habían sido colocados. Paloma recibió la mayor calificación de matemáticas en el país. Fue la mejor de once millones de niños mexicanos. Recibió la atención de los medios, una bicicleta y una laptop. A pesar de que más de la mitad de los alumnos del profesor Juárez Correa habían demostrado estar en clase mundial, casi nadie lo reconoció.
Comentarios, dudas, aclaraciones: javiercassio@gmail.com

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