Algo que vale la pena contar
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Alberto Boardman
“La reunión en el rebaño obliga al león a
acostarse con hambre”
“Laissez faire,
laissez passer”,
dejar hacer, dejar pasar que el mundo va solo. Seguramente recuerda esta
expresión francesa, que aunque originalmente por allá del siglo XVIII fue
utilizada como una connotación exclusiva para el tema económico, hoy sin
embargo en pleno siglo XXI, bien podríamos retomar y hacer vigente para tratar
de explicar un fenómeno negativo e imperante de nuestra actualidad: la pérdida
del asombro y solidaridad entre los seres humanos.
De qué otra forma podríamos explicarnos que cada vez
con mayor frecuencia, desfilen ante nuestros ojos una alarmante cantidad de
noticias y situaciones producto de la violencia, el descuido, e incluso, hasta
la crueldad y el dolo al interior de las propias familias de nuestro entorno.
¿Enfrentamos acaso una involución o la descomposición irremediable de la
sociedad?
Vemos con pesar casos muy recientes de maltrato
infantil, incluso hasta infanticidio por parte de progenitores a quienes
solemos calificar de “inhumanos” en un
afán estúpido de desterrarlos del común denominador social, cuando realmente no
aceptamos que es precisamente esa humanidad la que en franca decadencia produce
esos resultados. Y ante ello como ciudadanos ¿Qué hacemos? ¿Dejamos hacer,
dejamos pasar? Cuando mucho criticamos, reprobamos el hecho y delegamos únicamente
la responsabilidad a la autoridad, que ellos busquen, encuentren y castiguen la
falta, pasamos la página del diario y al mismo tiempo la página del momento
para al día siguiente no recordarlo más. Ante la cotidianeidad y la repetición
constante de sucesos, rebasamos nuestra capacidad de asombro.
Y estamos mal, ¿Sabe por qué? Porque precisamente
gracias a esa indiferencia, estos acontecimientos van en constante asenso. Existe algo que en nuestra educación como
sociedad suele llamarse “El cuidado del otro”. Concepto que se caracteriza por ciertos elementos
indispensables, considerando el “cuidado”
con el sentido de prevención, protección y ayuda entre los unos y los otros. Y
es que finalmente todos necesitamos de todos, pero especialmente los miembros más
vulnerables de nuestra sociedad, niños y adultos mayores precisan ahora más que
nunca que se observe con respeto y rigor este principio básico de nuestra
codependencia como sociedad.
¿Cuántas tragedias podrían llegar a evitarse si
asumimos con responsabilidad este papel? ¿Cuántas veces no somos testigos
directos o indirectos de síntomas o atisbos de violencia física o emocional, de
descuido e irresponsabilidad, en amigos, vecinos, conocidos o simplemente
alguien que nos topamos en la calle. ¿Por qué simplemente dejamos hacer y
dejamos pasar? “No te metas en lo que no te importa y evítate problemas” parece
ser la sentencia máxima de esta moda de actualidad.
Y no es que se trate de volvernos el metiche del
barrio o los defensores anónimos del pueblo, por supuesto que no, pero tengo la
certeza de que a estas alturas de evolución-involución los seres humanos
tenemos la suficiente capacidad de análisis para detectar cuando las cosas no
van como debieran, cuando se están saliendo de control y cuando nuestra participación
pudiera resultar vital.
Si tan sólo algún vecino, familiar, incluso conocido
de ese pequeño violentado hace apenas algunos días, que desgraciadamente
terminó falleciendo a consecuencia de los golpes infligidos por su propio
padre, hubieran asumido su deber social de cuidado, si hubieran hecho caso a
sus sospechas de que tarde que temprano las cosas iban a terminar mal y
hubieran aplicado su obligación de ayuda entre los unos y los otros, hoy la historia sería diferente. Y tal y como lo
hemos escrito antes, ese “hubiera” existe y mantiene su vigencia en una
considerable cantidad de situaciones similares que están sucediendo hoy mismo.
Me platicaba un muy buen amigo, que hace algunos días
iba de camino rumbo a su trabajo. De repente se encontró en plena calle con dos
señoras que llevaban a rastras a un pequeño que no dejaba de llorar con mucho
sentimiento. Le pareció extraño pero siguió con su camino. Sin embargo una luz
de alerta parpadeó en su conciencia y no le dejó continuar. Se regresó e increpó
a aquellas personas preguntándole al menor si eran parientes suyos y que
pasaba. Afortunadamente se trataba tan sólo de una rabieta del pequeño y las
mujeres eran sus familiares, pero ciertamente me dice mi tocayo, no importa, me
quedé tranquilo, de otra manera no hubiera soportado leer al día siguiente la
noticia de un secuestro, saber que yo estuve ahí y no había hecho nada. Las
señales están ahí, a veces ciertas, otras no tanto, lo importante al final es
la tranquilidad de la conciencia, que aunque cada vez es menos tomada en
cuenta, es nuestra mejor raíz de humanidad.
Hay que volvernos vigilantes solidarios, recuperar el
compromiso de cuidarnos entre todos. Ahora incluso existe en Coahuila la recién
creada Pronnif (Procuraduría para niños, niñas y la familia) que según se
cuenta adoptará una figura de policía muy al pendiente de los abusos a menores
y violencia familiar, si no quiere entrometerse directamente entonces cuando
menos denuncie, hágalo y observe que la autoridad cumpla con su deber, no sólo
de corrección sino también y de manera aún más importante de prevención.
Al final, muchos pocos, hacemos mucho.
Somos lo que hemos leído y esta es palabra de lector.
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